Esa divergencia entre literatura y televisión, entre tecnología y mito, tampoco tendría que ser tal si es que uno trae a la memoria la frase que Walter Benajmin consignó en un ensayo impecable: el arte de contar historias siempre ha sido el arte de saber seguir contándolas. Y recuerdo también lo que dijo Alessandro Baricco sobre su estupenda y breve Seda
Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos.
¿No eran esas las premisas que sostenía El narrador de cuentos (The Storyteller), la entrañable serie británica que creara y dirigiera Jim Henson a finales de la década del 80? Baste recordar la apertura que acompañaba a cada episodio del programa:
De este modo, tanto el soporte que sostiene a estas historias como la función estética y social se transforma. Originadas en el seno de una fecunda y cuantiosa cultura eminentemente oral, consignadas en algún momento del periodo moderno en formatos escritos (cuento, novela, etc.), son ahora incluidos en medios masivos, enfatizando su carácter audiovisual, un recorrido previsible sobre todo si tomamos en cuenta el predominio de la imagen en nuestra época. Los relatos que aparecieron en El narrador de cuentos no pierden su índole aleccionadora pero pasan a formar parte de la poderosa industria del entretenimiento. Ello, desde luego, no reduce lo que probablemente sea el mayor mérito de la serie: no importa si sus narraciones reiteran monstruos y de reyes, maldiciones y pruebas, o si echan mano de la mitología griega (en una segunda temporada, donde Sir Michael Gambon reemplazó a Hurt), subyace en todas ellas la asombrosa habilidad para contarnos una historia. Los narradores que encarnaron Hurt y Gambon -y tras ellos, Henson y Anthony Minghella, el guionista- saben que las historias que cuentan son antiguas, que han sido relatadas desde tiempos remotos, miles, quizá millones de veces. Pero también saben que un narrador es un bribón por oficio, capaz de urdir una vieja trama y enredarnos con ella, de cautivarnos nuevamente con historias que todos conocemos. El arte de contar historias siempre ha sido el arte de saber seguir contándolas.
Cuando las mitologías perdieron fuerza religiosa, cuando pasaron a constituir un formidable catálogo de cuentos y aún no había aparecido la novela, hubo una época en que no importaba demasiado la noción de autor, quién y cuándo había creado la historia. Lo fundamental fue, más bien, cómo es que el narrador, asumiendo una voz colectiva, presumiblemente al calor del fuego, se las ingeniaba para hacernos vivir otra realidad incrustada en ésta, otra realidad que comenzaba con la frase Érase una vez…



No hay comentarios:
Publicar un comentario